Orden de los Hermanos Menores Capuchinos
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Prologo

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Al ministro general de la Orden de los Hermanos Menores

1. A la santa asamblea del capítulo general ya celebrado y a ti, reverendísimo padre (1), ha parecido bien encomendar, no sin disposición divina, a nuestra pequeñez que, para consuelo de los contemporáneos y recuerdo de los venideros, escribamos los hechos y también los dichos de nuestro glorioso padre Francisco; nosotros precisamente que, por la larga experiencia de asiduo trato y familiaridad con él, le hemos conocido más que los demás (2).

Acudimos, pues, con prontitud pía a obedecer los santos mandatos, que en modo alguno es permitido desoír; pero como la reflexión tira más fácil a mirar lo endeble de nuestras fuerzas, nos sacude el justo temor de que a asunto tan digno, por no haberlo tratado como merece, se le pegue algo nuestro que vaya a desagradar a los demás. Tememos mucho, queremos decir, que esta materia, digna de llevar en sí todo sabor de suavidad, se vuelva desabrida por incapacidad de quienes la tratan y que el mero hecho de haberlo intentado se atribuya más a presunción que a obediencia.

Porque si a este trabajo, fruto de muchos desvelos, sólo le esperase el juicio de tu benevolencia, venerable padre, que no creyese oportuno publicarlo, recibiríamos muy contentos igual la enseñanza de la corrección que el gozo de la aprobación. Desde luego, tan gran diversidad de dichos y de hechos, ¿quién puede pesarla en balanza de tanta precisión, de modo que la exposición de cada uno de ellos consiga de todos los oyentes un mismo y único juicio de aceptación?

Mas porque buscamos con sencillez el provecho de todos y de cada uno, exhortamos a los lectores a interpretar con benevolencia y a aceptar o llevar a bien la sencillez de los narradores, de manera que no venga a menos la reverencia que merece el personaje de quien se habla. Nuestra memoria, de hombres rudos al fin, más débil con el correr del tiempo, no puede abarcar cuantos dichos precisos del mismo circulan y los relatos que encomian sus hechos, ya que ni la agilidad de una mente avezada se valdría para grabarlos del todo aunque se los pusieran delante. Excuse, pues, todos los fallos de nuestra incompetencia la autoridad de quien así lo ha dispuesto reiteradamente.

2. Este opúsculo contiene, en primer lugar, algunos hechos maravillosos de la conversión de San Francisco, que, por no haber llegado de ninguna manera a noticia del autor, quedaron, por tanto, fuera de las leyendas que había escrito ya. A continuación intentamos decir y declarar con esmero cuál fuera la voluntad buena, grata y perfecta del santísimo Padre para consigo y para con los suyos en toda práctica de doctrina del cielo y en la tendencia a la más alta perfección, que mantuvo siempre en sus relaciones santamente amorosas con Dios y ejemplares con los hombres. Se intercalan algunos milagros que hacen al caso. Describimos, en fin, llanamente, sin alardes de estilo, cuanto se nos ofrece, queriendo, en lo posible, aficionar a los despreocupados y complacer a los entusiasmados.

Te pedimos, padre bondadosísimo, que te dignes consagrar con tu bendición los presentes, nada despreciables, que se recogen en este trabajo, y que hemos recopilado con no poco esfuerzo, corrigiendo los yerros y eliminando lo superfluo, para que cuanto tu autorizado criterio abone por bien dicho crezca en todas partes en consonancia con tu nombre de Crescencio, y se multiplique en Cristo. Amén.

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